La estrategia no pasa por desarrollar autos propios, sino por integrarlos dentro de su plataforma. Uber funciona como red, logística y experiencia de usuario, mientras que la tecnología de conducción corre por cuenta de socios especializados. La empresa ya trabaja con múltiples compañías de conducción automatizada en distintas regiones del mundo, un modelo que le permitió acelerar pruebas y servicios comerciales en ciudades de Estados Unidos y Medio Oriente, y que ahora proyecta replicar en Europa. ()
En ese esquema de expansión, el despliegue en España no sería un caso aislado sino parte de un movimiento mayor. La compañía anticipa operaciones autónomas en más de diez mercados hacia 2026, apoyada también en acuerdos con firmas de inteligencia artificial aplicada a la conducción y plataformas de robotaxis que integran sus vehículos directamente en la app. El objetivo es claro: que pedir un Uber sin conductor sea tan natural como hoy pedir uno tradicional, pero con menor coste operativo y mayor eficiencia en flota.
El interrogante vuelve a ser el mismo que atraviesa toda la movilidad autónoma en Europa: la regulación. España avanza, pero a un ritmo más prudente que el desarrollo tecnológico. La posible evolución de la normativa FCD y los marcos legales de circulación sin conductor serán decisivos para pasar de pruebas piloto a servicios abiertos al público. Porque si algo deja en claro el movimiento de Uber es que la tecnología ya está lista. Ahora la clave no es técnica, sino normativa.