El avance del sistema Full Self Driving de Tesla ya no es una promesa lejana en Europa. La compañía viene expandiendo pruebas reales en distintas ciudades españolas y del continente, con programas piloto y autorizaciones específicas para testeo en vía pública. En ese contexto tuve la posibilidad de experimentar el sistema en primera persona, en escenarios urbanos abiertos y tráfico cotidiano. No es un laboratorio ni una demo cerrada: es la calle real, con peatones, motos y decisiones en tiempo real. La primera sensación es clara: el auto maneja, pero uno no deja de sentirse parte del proceso.
Cuando el entorno acompaña, la tecnología sorprende. Avenidas amplias, carriles bien marcados y flujo ordenado permiten que el FSD se mueva con naturalidad. Acelera, frena, cambia de carril y calcula distancias con una lógica muy humana. Pero la experiencia cambia cuando aparece el caos urbano típico español: rotondas exigentes, motos filtrando fino o peatones que cruzan sin aviso. Ahí el sistema se vuelve más conservador, reduce velocidad y pide supervisión. No es una falla, es una decisión de seguridad que evidencia el estadio actual de la autonomía.
Hay también un costado social imposible de ignorar. Circular con el auto “manejándose solo” genera miradas constantes, bocinazos curiosos y preguntas en semáforos. El Tesla se transforma en una vidriera rodante del futuro, y eso modifica incluso la interacción con otros conductores. La tecnología no solo tiene que aprender a leer la calle, sino también a convivir con la percepción humana de lo autónomo, que todavía oscila entre la fascinación y la desconfianza.
El punto que termina de ordenar toda la experiencia es el regulatorio. Hoy el FSD en Europa funciona bajo esquemas supervisados y permisos de prueba, con normativas que avanzan más lento que el software. La discusión sobre la evolución de la normativa FCD será clave para pasar del testeo a la adopción masiva. La pregunta ya no es si Tesla puede hacerlo, sino cuándo la ley permitirá que lo haga sin restricciones. Ahí es donde se juega el verdadero salto: el momento en que dejará de ser una prueba impactante para convertirse en parte natural del tránsito diario.